
Siempre estoy cansada. Hace tiempo que no duermo, por las noches no consigo olvidar que estoy despierto. El frío, el viento, suenan cada noche en mi ventana, golpeándola incansablemente, riéndose de mis sueños y mis esperanzas. En este desierto nunca sale el sol, y cada día, de camino a ese rutinario lugar, las siluetas de la gente se camuflan entre abrigos y sombreros, guantes, bufandas y lentos andares, adormilados por el sueño y el frío. Estas personas envueltas en pesadas ropas me acompañan en silencio, cada día a la misma hora y del mismo modo. Cada cuerpo desprende una pequeña bocanada de calor en cada paso, tiñendo de humo blanco el aire que fluye entre las casas, como pequeñas y negras locomotoras que han perdido a sus vagones.