Solamente quería salir de ese lugar, de esas cuatro paredes de un color no muy llamativo (sólo llamativo por lo horrendo que era), me sentía prisionera de pensamientos, de sensaciones. No podía conmigo misma, unas tremendas ganas de explotar pero sin hablar. Cuatro horas me bastaron para darme cuenta de quienes son, de LO que son. Y muchas palabras, sí, pero sin sentido alguno para mi. No me interesaba nada, ni escuchar, ni hablar, ni ése ruido, ni la desconectarme de nada. Por dentro fluían mis ganas de estar afuera, de caminar sola, y por otro lado no quería pararme, no tenía fuerzas para enfrentar todo lo que venía, porque el día recién comenzaba. Fue un día gris, nublado a más no poder. Pero esas nubes me decían que todo iba a cambiar, que no perdiera las esperanzas de que podría ser un gran día. Los sonidos hablaban por sí mismos, cada uno decía lo que la población hacía. Trabajar, estudiar, algunos preferían el ocio, y no los culpo, los admiro.
Algo cambió parte de esa mañana, leerlo fue muy bueno, aunque no me importaba tampoco. No quería pensar, sólo dormir y soñar, soñar mucho, quería que reviva mi inconsciente, lo necesitaba. Es el único que me entiende y al único que entiendo, ése que me muestra cómo son las cosas en realidad, no miente.
El momento llegó, sonó y todos corriendo, matando por sobrevivir y salir de ese calvario, esa cárcel sin sentido. Yo no me maté, guardé mis cosas, me levanté, colgué mi mochila, me tomé mi tiempo y emprendí mi camino de regreso. Me sentí estúpida por parte, sentí que siempre soy como ellos, siempre mato por salir, siempre mato por no oir. Pero esta vez fue diferente, disfruté mi salida, sabía que no valía la pena.
Escuchar, hablar, obedecer, ¿para qué? Si ni ellos pueden ser dueños de sus propias vidas, si lo que me puedan llegar a decir no me interesa, me RESVALA.
Esa institución, ¿para qué?