
Una tarde como cualquier otra, aburrida, sentada sin saber qué hacer. De pronto surge una propuesta que hubiese preferido no tomar si sabía lo que podría pasar. Sin saber me mandé, acepté y nada más me importó. Un viaje, un sms, un saludo, un abrazo y palabras, muchas palabras. Y de pronto ya estaba lejos, estaba sentada en una plaza tomando una cerveza, hablando cosas que me hacían reír, pero no estaba sola, y eso fue lo que me hizo sentir tan contenida. Una frase dió todo a entender, y no fue lo que yo quería entender, sino lo que cualquier otro hubiera entendido como tal. Pasaron muchas cosas, muchas risas, hasta llorar de la risa. Era una tarde buena, la pasaba demasiado bien. Pero de pronto alguien se acercó e intentó algo a lo que no hubiese podido rechazar. Porque yo sí lo sentí, porque no me chupó un huevo como si hubiese sido en otro momento de mi vida, porque sentí que algo bueno en todo lo malo hay, porque me sentía feliz.
Nos despedimos, cada uno volvió a tomar su rumbo, y me seguía sintiendo así de bien. Pero algo raro había, hasta que ayer, ayer pasó todo. Ayer fue el peor día de mi vida, ayer mis promesas y todo lo que pensaba se me vino abajo. Fueron 10 minutos en los que me sentí la personas más idiota del Universo por volver a caer, por volver a sentir, por volver a querer y por volver a pensar que alguna vez ésto iba a funcionar.
Creo que plasmarlo acá es una de las cosas más cobardes que puedo llegar a hacer, pero no vale decirlo, ¿para qué? Si ya todo está dicho, si ya todo se acabó.
Te deseo suerte y que puedas llegar a ser feliz.